lunes, 13 de mayo de 2013

En camino

El olor, ese olor, a uvas fermentadas lo tengo en la punta de la nariz, no sé si los demás pueden olerlo o sólo soy yo; tal vez sea mi imaginación, últimamente no estoy segura de nada.

El olor se acentúa con el aire... camino al muelle me encontré con el cuerpo de un perro muerto; el collar en el cuello, el pelo, el cuerpo bien alimentado, me hicieron pensar que aquel era un perro de casa, hasta me hice una historia alrededor de él; seguro pertenecería a una familia, por la hora, estoy segura que no se han dado cuenta que falta, es muy temprano, seguro el perro salió a su paseo matinal y alguien, algún trasnochado, algún padre distraído, alguien lo había atropellado; el cuerpo no tenía marcas de llantas, así que tendría que haber sido un golpe; imaginé el impacto.

Pensé en detenerme, en bajar de la bicicleta, en leer el collar, avisar a la familia, pero no lo hice; vi unos segundo el charquito de sangre alrededor del hocico, estaba fresco, comprendí. No tenía ningún caso que fuera al muelle, encontraría un cuerpo verdoso, hinchado, amoratado, azul, no sé, el cuerpo de José, mordido aquí y allá por los peces o desmembrado por las rocas; continué pedaleando; pensé en la familia del perro, en lo que sufrirían, los días de búsqueda, pensé en la persona que lo mató, en la sensación de saber que has matado, la sensación de golpear el cuerpo, ver por el retrovisor el cádaver, pensé en José y su destino.

José quería que lo encontrara, que avisara de su muerte, pero no sería yo quien lo hiciera. Ya me enteraría en las noticias o por Ávalos.

Di la vuelta en la esquina, continué mi camino. El archivo muerto de mi padre esperaba por ser abierto.